“Tiene que avisar a qué hora va a venir para ir a abrirle el portón”, ese era el trato si se quería aterrizar en la Universidad de la Reyna, ubicada en Julia Berstein  272- D -con “d” de demonio-. Al llegar, las puertas estarían abiertas de par en par.

En época de poco barro, se podía tomar el camino corto por las escaleras laterales, construidas con piedras, las que fueron dispuestas cuidadosamente en el transcurso de los años por el dueño de casa y también por su hermano Roberto, entremedio de las cuales todavía brotan algunas violetas. Nadie puede pisarlas, está prohibidísimo.

Por eso la mayoría de las veces es mejor tomar el camino largo, rodeando el cerro empinado, bordeado por una quebrada por la que corre un estero y lleva finalmente a la glorieta que enmarca el portal dimensional hacia una jornada única, mágica e irrepetible.

Desde el segundo piso de la “pagoda” se ve la llegada de las visitas y se nota al tiro quien es habitual y quien no, aunque los caminos son inconfundibles, toma unos minutos decidir si seguir las huellas de los autos o subir las escondidas escaleras a tientas.

Hubo un tiempo en que había unos gansos hermosos pero bravos, que debían ser controlados para que no picotearan a los invitados, La Juanita los dominaba con maíz. Ellos hacían vida normal en los jardines y eran temidos por el perro Conchalí y el gato Chimbarongo.

Las reuniones eran siempre amenas. Un tecito era lo mínimo que se ofrecía a las comitivas, aunque el ánimo siempre daba para pan con queso y lomito kassler. Al fondo, solían sonar las guitarras cantantes del Barraco y la Colombina, ensayando cuecas o creando nuevas sinfonías. Eran momentos felices y se le notaba al anfitrión.

Eso más o menos sería la escena a finales de  los 80 y hasta mediados de los 90, donde en plena traducción del Rey Lear, el descubrimiento de Nietzsche, el premio Juan Rulfo, Paris, Barcelona, etc., los “Trabajos Prácticos” se acumulaban por doquier. Para entonces la casa de la Reyna era tanto un hogar, como un museo lleno de sorpresas.

Maniquíes, colgadores, cruces, relojes, todo era susceptible de una intervención explosiva. Se trataría de algo así como “poesía visual”, pero no exactamente, puesto que no retrata realmente su dimensión lúdica. Detrás de un “Trabajo Práctico” hay una experiencia jocosa, una conclusión, un resultado del balance crítico de un hecho de la realidad, resumido en una frase que trastoca la connotación del objeto.

Hoy esas sensaciones y experiencias vuelven en gloria y majestad gracias a la Fundación Parra, que en una iniciativa audaz e innovadora nos presenta la «Antiexposición No Siga La Flecha».

Por los alrededores de la Universidad de la Reyna , el visitante virtual podrá ir descubriendo esta dimensión aun poco explorada de Nicanor Parra, que a partir del cuidadoso rescate trabajado por sus nietos Tololo Ugarte y Cristalina Parra, con la curaduría de Adolfo Montejo Navas y un gran equipo de producción, ofrecen una experiencia digital emocionante, lúdica y moderna.

La Fundación Parra promete más iniciativas como esta, que se suman además a una serie de charlas para abordar la diversidad antipoética. Sin duda, es el mejor homenaje para un Nicanor que viene de vuelta.

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