Los privilegiados

Los privilegiados

Más de un mes ha durado el encierro, la cuarentena, el trabajo por vía remota. Salir a lo justo y necesario. La preocupación. Llevar mascarilla, sino la gente te mira feo. Comprar y devolverse. Lavarse las manos. No salir a ver a la familia o los amigos. Extrañarlos, pero aún así, abstenerse. Y hoy, después de mes y medio aproximadamente, me toca tomar el metro. Tengo dentista y me toca cruzar la ciudad. Entro a la estación “santa Isabel” y me acuerdo que dos estaciones más allá ya está abierta “Baquedano” y algo me sucede en la garganta. No sé si voy a poder pasar por esa estación como si nada. Recuerdo que desde dentro de esa estación los pacos tras las rejas, disparaban balines, lacrimógenas y gas pimienta. No he ido a Plaza Dignidad aún. No tengo tiempo. He pedido permiso a mi jefatura para ir y volver. Me siento en el vagón. Todos con mascarillas. Yo siento una mezcla de alegría, es bonito volver a sentirse libre bajo el sol, mirando desde la línea 5 el horizonte pero también noto mi propia ridiculez. Es obvio que la ciudad sigue andando, aún cuando muchos hemos podido quedarnos en casa. Se sube un vendedor ambulante, espero que los guardias del metro no lo correteen o lo acusen a la fuerza policial, tiene derecho a trabajar para ganarse el pan. Porque eso vi que hacían los guardias del metro, denunciar a los cantantes o los ambulantes. Y entonces recuerdo que este metro que antes quería mucho, ahora me cae mal. Luego, otro señor dice que tenía parches curita, pero que se le acabaron: que tiene hambre y que lo ayudemos. Muchos le damos varias monedas. Salgo del metro, el paradero 14 de la florida se abre de par en par, muchos comerciantes ambulantes. Muchos tirándose la talla de esquina a esquina. Me imagino que son ahora los dueños de ese espacio, ya que el mall sigue cerrado. Veo una cola larguísima de gente -no guardando el metro de distancia- afuera de la notaría. Creo que somos el único país que aún usa esas herencias coloniales, me digo, mientras cruzo la calle. En el edificio, nos disponemos cuatro en el ascensor. Hay unas marcas redondas en el suelo que nos instan a ello. Me uno al movimiento social reprobatorio al ver a un hombre sin mascarilla. Debo hasta poner cara de enojada y todo. Mi dentista me revisa. Todo normal. Que el propóleo es maravilloso y que lo siga usando. De regreso, decido tomar micro. Me sale gratis el regreso, porque mi viaje ha durado menos de dos horas. El micrero no abre la puerta de adelante, sino la del medio. Entiendo que el micrero ha decidido liberar el acceso a la micro. Si usted está obligado a trabajar y moverse, pues que le salga gratis el viaje. Eso sentí, eso percibí. Y me subí. Me senté en el asiento más alto con ventana, para que me llegara el viento mientras durara el viaje. Pequeños placeres de peatón y pasajero de micro. Un chiquillo con guitarra empieza a compartir un tema escrito por él. Lo grabo con mi celular apuntando a la ventana. Así se nota el traslado, mientras sus palabras guitarrean. Al terminar, agradece y pasa el sombrero. Un cabro que va sentado adelante, le dice que su tema está bacán y que lo grabó. El cantautor le dice, pues entonces, te la canto de nuevo para que la grabes de cerca. Se sienta y yo añado: yo también te grabé. Qué bacán. Repite su tema, mientras hago lo único que puedo hacer: permitir que ese momento dure, que mis seguidores lo conozcan y que quizás se encuentre con mi tuit o me lea por ahí. Toco el timbre y me bajo algunas cuadras antes de mi destino. Agradezco la caminata. Los músculos. Los ojos leyendo lo que los muros siguen diciendo, aún cuando los pinten o los traten de esconder. Esta cuarentena es un paréntesis que al doblar la esquina, se triza en mil pedazos.

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